Play Room de Javier Calleja: El mundo en sus manos
La captura permisiva de la realidad y su reducción a meras posibilidades métricas en sucesivas escalas que nos hablan no solamente del instante sino también de la transitoriedad de las formas, confluyen en un único espacio de interconexiones delimitado, en principio, por los propios márgenes de la sala de exposiciones. En este sentido, Javier Calleja (Málaga, 1971) manifiesta una clara disposición hacia la acumulación sosegada y determinada que busca en la compleja relación existente entre los objetos reunidos, todo un potencial clarificador de las disposiciones establecidas alrededor del sentido artístico, donde la inoperancia del orden fijado desde la institución queda en segundo plano ante una nueva compilación: aparente unificación que ostenta la mejor de las condiciones plausibles precisamente en su simpleza constructiva.
Todo puede ser reducido y ampliado, todo adquiere consistencia en el mismo momento de su fábrica, mientras re-toma su significado, ya pleno, en un lugar determinado, estipulado y condicionado por el medio donde se inserta la propuesta. Existe, desde esta perspectiva, la unificación de varios aspectos singulares pero que aglutinan gran parte del discurso en torno al concepto de arte. De hecho, toda la muestra se reduce a una única instalación denominada Play Room, donde su autor hace confluir esos niveles cognitivos o circunstancias relacionadas con la creatividad y todos sus perímetros insoslayables.

Instalación CAC MÁLAGA, Play Room, 2007. Instalación. Cortesía del artista
En un primer momento, nos inunda la idea de aglomeración, su condición de resumen y su concreción en toda una lista de objetos entre los cuales el cuerpo adopta también su contexto de mercancía. Es aquí donde la dimensionalidad de la proposición se acerca hasta cierta hermenéutica del propio sentido de la condición humana que no deja de ser una sencilla respuesta ante sus, en ocasiones, vanos relaciones. Incluso se adivina una doble presencia que se manifiesta por una parte en aquel sujeto que se crea ex profeso y por otra en otro que navega por la sala hasta localizar, en su recorrido, la plenitud, el reconocimiento, la transposición de sus lugares comunes perdidos en algún momento en su memoria. De hecho, el espacio, segunda embestida, responde a un continente que interpone sus paralelismos con otros lugares que desde la historia del arte nos pueden recordar, como muy acertadamente nos indica Iván de la Torre Amerighi en el texto del catálogo, a ciertos gabinetes de rarezas y Wunderkammern, potenciando la imagen de objeto individual al tiempo que una estructura cosificada que aborda en su disposición otras sugerencias. Algunas de las pequeñas mesas parecen salir directamente de la pared, un paramento que en otras adivinaciones se presenta lleno de dibujos o convertido en intenso mar blanco donde permanecen minúsculas islas que buscan la orilla de la mirada.


Instalación CAC MÁLAGA, Play Room, 2007. Instalación. Cortesía del artista
Sin embargo, la característica principal de Play Room reside en la constante tergiversación de las proporciones. Aparentemente toda materia presente en la sala se rige por unas escalas diferenciadoras, acaso formas que predisponen al entendimiento de la identidad de las mismas presencias para luego ir desarrollando otro vocabulario que parte de lo real hasta anclarse con severa persistencia en la manipulación de los volúmenes como asimilación de otro mundo paralelo. Podría ser perfectamente éste el Gulliverland al que se refiere Fernando Francés o simplemente otra realidad dentro de la nuestra que se levanta sobre las ruinas aparatosas que diariamente sucumben ante la apatía de los movimientos, el olvido de las experiencias y la vida de esos objetos que finalmente se encierran en lugares que nunca acaban de ser descubiertos. Existe esa tendencia casi enfermiza en la sociedad actual de acaparar, de comprar sin intención aparente (circunstancia auspiciada por la proliferación de micromercados que tienen en las nuevas tecnologías un venturoso devenir) y eso es algo que está muy presente en la subjetividad de Javier Calleja.

Instalación CAC MÁLAGA, Play Room, 2007. Instalación. Cortesía del artista
Siempre las proporciones, las constantes de una actividad meticulosa en ocasiones y ampulosa en otras que confieren al sentimiento creativo cierta reminiscencia lúdica. En este sentido, las mismas escalas y sus desproporcionados acabados nos remiten a una contemplación sugerente, animosa en su decisión de participar en la escena, una construcción que se asemeja al mundo en sus diferencias, en sus actitudes tan cercanas y lejanas al mismo tiempo. Cuando no son los objetos los que amplían sus definiciones desde la aglomeración anteriormente desarrollada en El coleccionista (2006), recordando las macroescalas de Claes Oldenburg, de nuevo nos enfrentamos al cuerpo humano como espacio de acciones, lugar donde se reduce o se concentra la imagen; de hecho el autor lo retoma desde otras propuestas (Homo ludens, homo invadens, 2005) para aportar nuevas consistencias, veraces aproximaciones hacia el valor de la carga y su traducción en un mercado de los sentidos nunca complaciente.
Finalmente, en ese acercamiento hacia las imágenes donde las medidas se yuxtaponen sobre el propio significado de la acción, se nos recuerda la facilidad y fragilidad de las cosas, su evanescencia e irrepetible compromiso. Nos toca decidir sobre la finitud de los objetos o las personas como Steve Buscemi caracterizado de Garland Green en Con Air (Simon West, 1997) cuando se acerca hasta una niña que juega con una muñeca mientras canta que tiene el mundo en sus manos, tiene todo el mundo, hay ahí un juego macabro de escalas (hombre, niña, muñeca), una eclosión de poder sobre todo lo que se reduce hasta encontrar en nuestras manos su destino. Javier Calleja nos deja con la idea de posesión al final, de que también nosotros (como él) tenemos el mundo en nuestras manos.
Publicado por Miguel A. Fuentes Torres
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